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A propósito de «Historia y ficción», el nuevo libro de Alex Coello de la Rosa

Portada de la Historia de Gonzalo Fernández de Oviedo

Portada de la Historia de Gonzalo Fernández de Oviedo

Alex Coello de la Rosa publicó el año pasado un nuevo libro centrado en la figura y producción de Gonzalo Fernández de Oviedo.

Coello de la Rosa, Alexandre, Historia y ficción. La escritura de la Historia general y natural de las Indias de Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés (1478-1557), València, Universitat de València, 2012, 170 pp.

Alexandre Coello de la Rosa ha dedicado una parte de su prolija producción historiográfica a estudiar diversos aspectos de la Historia de Gonzalo Fernández de Oviedo. Diez años después de que se publicara su De la naturaleza y el Nuevo Mundo: maravilla y exotismo en Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés (Madrid, Fundación Universitaria Española, 2002), el historiador barcelonés nos presenta otro libro centrado en el que fuera primer cronista de Indias. En esta ocasión, Coello se ha interesado por la forma en que Gonzalo Fernández de Oviedo construyó su discurso historiográfico y por la relación que su Historia establece entre la sincera búsqueda de la verdad histórica y las constantes e ilustrativas referencias a mitos, leyendas e imágenes propias de un contexto que podríamos considerar como más literario. Y todo ello con el evidente y manifiesto objetivo de justificar el Imperio castellano de Carlos V, el mayor que la historia había conocido gracias precisamente al descubrimiento del Nuevo Mundo.

El trabajo plantea, en última instancia, una reflexión sobre el oficio del historiador a la altura de la primera mitad del siglo XVI, así como sobre la relación entre Historia y Literatura en el contexto de las nuevas maneras del quehacer histórico renacentista. En las crónicas de Indias, género que da sus primeros pasos de la mano del propio Oviedo, tradiciones de carácter medieval convivían junto a lugares propios de la Antigüedad clásica y a una reivindicación de la experiencia como testigo de vista a la hora de conocer la verdad que escondía el Nuevo Mundo. La Historia de Gonzalo Fernández de Oviedo es un gran ejemplo de todo ello y un incomparable campo de experimentación de todas estas ideas.

Ver la reseña completa.

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Autoridad y experiencia en Gonzalo Fernández de Oviedo: el caso de las Hespérides y Cristóbal Colón

Imagen de la portada del Sumario de Fernández de OviedoEn el Sumario (1526), primera de las obras de Gonzalo Fernández de Oviedo sobre las Indias, el cronista no utilizó ninguna referencia a mitos de la Antigüedad a la hora de explicar el Nuevo Mundo, su naturaleza o su fauna. Sin embargo, años después, en la Historia (en 1535 se publicó el primer volumen), Oviedo no pudo evitar una mirada mítica sobre América, al identificar las Antillas con las islas Hespérides (Fernández de Oviedo, Historia, vol. I, p. 13 y 17-20). En este curioso pasaje el cronista basó su interpretación en la obra de Annio de Viterbo, quien quiso legitimar las monarquías europeas y en particular la de los Reyes Católicos por medio de una obra, dedicada a estos últimos, en la que editaba a una serie de autores clásicos supuestamente perdidos durante mucho tiempo y hallados por él. Oviedo aceptó la autoridad de unos textos —que en otros momentos niega— porque le era útil para aportar argumentos en defensa de la propiedad castellana de las tierras americanas.

En la Historia hay diversos pasajes en los que Oviedo acepta la autoridad de otros autores con un sentido igualmente utilitario, sobre todo cuando la experiencia no podía proporcionarle pilares sólidos en los que sustentar y defender sus opiniones. En el caso que nos ocupa, Oviedo fuerza conscientemente el argumento para demostrar la propiedad castellana sobre las Indias y utiliza para ello, en una elaborada argumentación, autoridades como Aristóteles, Teophilus de Ferrariis, Eusebio, San Isidoro, Beroso…

Por otro lado, en Oviedo encontramos una segunda intención a la hora de identificar las Antillas con las Hespérides: reivindicar la figura de Cristóbal Colón. Para poder hacerlo Oviedo necesitaba demostrar que el descubrimiento de Colón no había sido una mera casualidad, sino que sabía exactamente a dónde viajaba y qué iba a encontrar. A pesar de ello, al referirse a Colón, Oviedo termina introduciendo nuevamente la variable de la experiencia, piedra angular de su discurso, cuando explica la cuestión de las Hespérides:

Así que, fundando mi intención con los auctores que tengo expresados, todos ellos señalan a estas nuestras Indias. E por tanto, yo creo que, conforme a estas auctoridades, o, por ventura a otras que, con ellas, Colom podría saber, se puso en cuidado de buscar lo que halló, como animoso experimentador de tan ciertos peligros e longuísimo camino. Sea esta u otra la verdad de su motivo: que por cualquier consideración que él se moviese, emprendió lo que otro ninguno hizo antes que él en estas mares, si las auctoridades ya dichas no hobiesen lugar (Fernández de Oviedo, Historia, vol. I, p. 20).

Oviedo, tras demostrar el conocimiento que Colón pudo tener de estas tierras más allá de las columnas de Hércules, duda de que éste hubiera sido el motivo que indujo al almirante a acometer su empresa. Oviedo se referirá líneas más adelante a que Colón pudo estar movido «por aviso del piloto (que primero se dijo), que le dio noticia desta oculta tierra, en Portugal o en las islas que dije (si aquello fue así), o por las auctoridades que se tocaron en el capítulo antes deste, o en cualquier manera que su deseo le llamase» (Historia, vol. I, p. 21). Y resalta el papel de la experiencia al calificar a Colón como un «animoso experimentador». Poco después, vuelve a incidir en la misma idea:

Cristóbal Colom fue el primero que en España enseñó a navegar el amplísimo mar Océano por las alturas de los grados de sol y Norte, e lo puso por obra; porque hasta él, aunque se leyese en las escuelas tal arte, pocos (o mejor diciendo, ninguno) se atrevían a lo experimentar en las mares, porque es sciencia que no se puede ejercitar enteramente, para la saber por experiencia y efecto, si no se usa en golfos muy grandes e muy desviados de la tierra (Fernández de Oviedo, Oviedo, Historia, vol. I, pp. 20-21).

En definitiva, el valor que Oviedo atribuye a la experiencia le lleva a resaltar la importancia de Colón al margen de que en algún momento alguien pudiera haber sabido algo de la existencia de las Indias. El almirante fue el primero que puso en práctica, que demostró con su propia experiencia una idea que alguien pudo transmitirle. El recurso a autoridades clásicas y medievales tiene en Oviedo en muchos casos una función más pragmática, utilitaria podríamos decir.

[Sobre este pasaje hablé en Coloquio Internacional “El bestiario de la literatura latinoamericana (el bestiario transatlántico)”, organizado por el CRLA-Archivos (Université de Poitiers – CNRS) y celebrado en Poitiers, 14 a 16 de octubre de 2009]

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La construcción de un espacio de experiencia americano en las crónicas de Indias del siglo XVI

Hace un tiempo hablaba, en este mismo lugar, sobre Reinhart Koselleck y los conceptos de «espacio de experiencia» y «horizonte de expectativas» aplicados a las crónicas de Indias del siglo XVI. El título del post era La construcción de un espacio de experiencia americano en el siglo XVI: siguiendo a Reinhart Koselleck.

El trabajo al que en aquel momento me refería está disponible en mi perfil de Academia.edu (http://unav.academia.edu/AlvaroBaraibar/), concretamente en la siguiente dirección: http://www.academia.edu/2508558/La_Naturaleza_en_el_discurso_indiano_la_construccion_de_un_espacio_de_experiencia_americano

Confío en que el texto sea de interés.

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¿Lope de Vega o Lope de Aguirre?

¿A quién no le ha ocurrido alguna vez que a la hora de escribir pensando en un nombre, por asociación de ideas o porque en ese momento estaba dándole vueltas a otra cosa, finalmente escribe otro? Esto es lo que le debió ocurrir a una de las manos que intervinieron en la copia del manuscrito de Toribio de Ortiguera, Jornada del río Marañón con todo lo acaecido en ella y otras cosas notables… acaecidas en las Indias Occidentales.

La copia de la relación de Toribio de Ortiguera a la que me refiero se conserva en la Biblioteca Nacional de Madrid (Ms. 3211). Se trata de un manuscrito de 208 folios escrito por Ortiguera, historiador, pero que no estuvo presente en la expedición que pasaría a la historia por la rebelión de Lope de Aguirre. En el manuscrito intervienen más de una mano y el lapsus al que me quiero referir se produce en el folio 152v. A mitad de folio, el escribano se debió detener para afilar la pluma. Es lo que se desprende del cambio de grosor en el trazo que se produce en este punto del manuscrito. Mientras se ocupaba de dicha labor, habría descansado y despejado su mente pensando tal vez en la última o en la próxima representación que tendría lugar en la ciudad, en la obra de teatro que había visto o que iba a ver en breve.

El caso es que al volver al trabajo y antes de tener tiempo suficiente como para concentrarse en el texto que estaba copiando —y en su contexto—, tuvo un pequeño despiste, en el que asoció un nombre con otro y el pobre Lope de Vega pasó brevemente a ser el protagonista de los desaguisados cometidos en la Jornada de Omagua y El Dorado. El escribano rápidamente se dio cuenta de su error y tachó Vega para poner a continuación Aguirre. Quedaba restaurado así el buen nombre de Lope de Vega y la condición de tirano volvía a Lope de Aguirre.

El lapsus no deja de ser una anécdota divertida, un pequeño error corregido con un simple tachón. Sin embargo, a veces estos errores pueden sernos útiles y pueden ir más allá de una simple y escueta nota al pie en una edición. A veces estos errores pueden aportar un poco de información sobre otros aspectos del testimonio. En este caso, lo que el error nos podría decir es que en la fecha en que se elaboró la copia del manuscrito el nombre de Lope llevaba a un escribano a pensar inmediatamente en Lope de Vega. Siendo así, podemos pensar que el dramaturgo gozaba ya de cierta fama. Por algunas de las referencias que aparecen en el manuscrito, Ortiguera habría escrito su relación entre 1581 y 1585, fecha esta última en que Lope de Vega todavía no era sino un joven de 23 años y todavía un desconocido. Probablemente, la copia se hizo unos años después, aunque bien podría ser de otro modo. A fin de cuentas, solo se trata de un pequeño y simple tachón, no?

Imagen del manuscrito con el error tachado

Recorte del fol. 152v del manuscrito de Toribio de Ortiguera

Encontrarán más información al respecto en la edición que Miraida G. Villegas Gerena está preparando de este texto como tesis doctoral, un trabajo que tengo el gusto de dirigir junto a Blanca Oteiza Pérez, en el Grupo de Investigación Siglo de Oro (GRISO) de la Universidad de Navarra.

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La construcción de un espacio de experiencia americano en el siglo XVI: siguiendo a Reinhart Koselleck

Portada de Futuro pasado, de Reinhart KoselleckAmérica sirvió a conquistadores y cronistas para encontrar explicación e incluso ubicación geográfica a seres y lugares legendarios que funcionaban como claves de interpretación de la maravillosa, extraordinaria e inesperada realidad americana. Pero, al mismo tiempo, la consciencia de hallarse ante un Nuevo Mundo, desconocido hasta el momento, les permitió reafirmarse en un discurso de superación de los antiguos apostando por la observación directa, por la experiencia personal vivida como «testigos de vista», como el medio más adecuado para comprender y describir la realidad.

Desde fechas muy tempranas algunos cronistas dudaron de que los modelos clásicos, el saber de los Antiguos, sirvieran para comprender las características de las nuevas tierras descubiertas. América, un nuevo continente fuera de la Isla de la Tierra, con una flora y una fauna distintas y desconocidas por Aristóteles o Plinio, con unas condiciones climáticas excepcionales donde debería ubicarse la Tórrida Zona, planteaba nuevas preguntas y reclamaba nuevas respuestas. La querella entre clásicos y modernos, en el contexto americano, es también, claramente, el proceso de ajuste del espacio de experiencia y el horizonte de expectativa de quienes se desplazaron al Nuevo Mundo. Es, en definitiva, el proceso de creación de un nuevo espacio de experiencia americano.

Experiencia, en cuanto «pasado presente», y expectativa, en cuanto «futuro hecho presente» —utilizando los conceptos acuñados por Reinhart Koselleck — no son dos categorías opuestas y excluyentes sino más bien complementarias, de cuya dialéctica se desprende el tiempo histórico, que no ha sido igual sino cambiante a lo largo de la historia. Siguiendo a Koselleck, en una sociedad tradicional el horizonte de expectativa está limitado por el espacio de experiencia. A partir de finales del siglo XVIII con la introducción de la idea ilustrada de progreso la novedad fue que «las expectativas que ahora se extendían hacia el futuro se separaran de aquello que habían ofrecido hasta ahora todas las experiencias precedentes». Y, al mismo tiempo, «todas las experiencias que se habían añadido desde la colonización de ultramar y desde el desarrollo de la ciencia y de la técnica no eran suficientes para derivar de ahí nuevas expectativas de futuro» (Koselleck, Futuro pasado. Para una semántica de los tiempos históricos, Ediciones Paidós, Barcelona, 1993, pp. 333-357, la cita en la p. 347).

Siendo así, ¿resulta viable aplicar los conceptos de Koselleck al estudio del siglo XVI americano? Yo creo que sí. Es más, a la vista del descubrimiento del Nuevo Mundo, la dialéctica entre espacio de experiencia y horizonte de expectativa cobra nuevos sentidos y gana en matices y perspectivas. América aporta un segundo espacio de experiencia, el del indígena, que aparece en un primer momento de forma débil, que permanece oculto o acallado durante un tiempo, pero que irá dejando oír su voz y, más adelante, será rescatado en el proceso de construcción de las identidades nacionales frente a lo europeo. Pero América implica, además, un tercer espacio de experiencia: el construido por los españoles que viajaron a tierras americanas y que fueron incorporando nuevos elementos y herramientas fruto de su vida en aquellas tierras, a la vista de que el espacio de experiencia europeo que portaban consigo no daba respuestas satisfactorias a lo que allí se encontraban. El espacio de experiencia del indígena americano interactúa con el de los castellanos y se incorpora a ese nuevo espacio que surge del contacto con lo europeo.

Sobre el proceso de construcción de este espacio de experiencia americano en las crónicas de Indias del siglo XVI trabajé hace un tiempo. Para más información: Baraibar, Á., «La Naturaleza en el discurso indiano: la construcción de un espacio de experiencia americano», en Tierras prometidas. De la colonia a la independencia, ed. B. Castany, L. Fernández, B. Hernández, G. Serés y M. Serna, Barcelona, Centro para la Edición de los Clásicos Españoles, 2011, pp. 9-30.

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El sambenito: una anécdota de la difícil traducción entre el Viejo y el Nuevo Mundo

Releyendo la Historia general y natural de las Indias de Gonzalo Fernández de Oviedo, he encontrado un pasaje que no deja de ser una anécdota, pero que tiene mucha fuerza a la hora de mostrarnos algunos aspectos de la mentalidad del que fue el primer cronista de Indias y que es, al mismo tiempo, un curioso ejemplo de la difícil traducción entre el Viejo y el Nuevo Mundo en los primeros momentos del descubrimiento y conquista de América. Quiero aclarar a quienes puedan leer el texto desde una escala de valores más propia del siglo XXI que tanto los códigos de la risa como los valores culturales y sociales en su conjunto han cambiado radicalmente desde aquel tiempo. Por otro lado, Oviedo no desaprovecha la ocasión para dar a la anécdota un valor moralizante muy propio del momento, pero que, curiosamente, podría tener plena vigencia en estos momentos.

El texto se pueden encontrar en Fernández de Oviedo, G., Historia general y natural de las Indias, ed. J. Pérez de Tudela, Atlas, Madrid, 1992, vol. IV, pp.46-47 y dice así:

Sambenito«Notoria cosa es el castigo que en España se da a los heréticos, segund la calidad de sus delictos: que a unos azotan, a otros ponen en cárcel perpetua, e a otros que se reconcilian, les ponen un Sanct Benito o coselete amarillo sin mangas e sin costuras por los lados, con una cruz grande colorada, vel sanguina, delante, e otra detrás; a unos para que traigan esta insignia por tiempo limitado, e a otros para todos los días de su vida, e a otros queman por sus méritos. Siguiose que un converso se penitenció por sus culpas en Temistitán, y el perlado o jueces de la Sancta Inquisición hiciéronlo estar en el auto en pie, descalzo, sin cinto e sin bonete, e con un cirio ardiendo en la mano, e con el dicho Sanct Benito, en tanto que se dijo una misa solemne un domingo; en la cual, en su tiempo, un notario del Sancto Oficio leyó la sentencia e los méritos o culpas de aquel delincuente, por lo cual se le impuso aquella penitencia o Sanct Benito. E hubo un sermón que predicó un devoto y esciente predicador, conforme al auto, e amonestando al penitente a la enmienda de su vida so pena del fuego, y exhortando a todos a bien vivir, como se suele hacer e predicar en casos semejantes, estando todas las personas principales e oficiales de su majestad presentes, e mucha parte de la cibdad, e muchos indios de los convertidos e baptizados, para los instruir en las cosas de nuestra sancta fe católica.

Entre los cuales indios, un mercader de los ricos, e sobradamente cobdicioso e diligente, no entendiendo bien la honra que a aquel recién conciliado se le hizo, pareciole que aquel grado de Sanct Benito debía ser una muy singular fiesta e honrosa para aquel penitenciado. E como vía el indio que entre los cristianos españoles había algunos caballeros comendadores de las órdenes de Santiago e Calatrava e Alcántara, e de la orden de Montesa e de San Joan de Rodas, con cruces en los pechos de diferentes maneras e colores, e no traen más de una cruz e pequeña, e a esotro diéronle dos e muy grandes, e una delante e otra detrás, así pensó el mercader que este nuevo hábito era más honrado e apreciado a todos los otros, e que era cosa que los cristianos se preciarían más de él que de los otros que es dicho. E así como se acabó la misa e se fue el indio a su casa, arbitrando que le había venido una grand ocasión para enriquecerse presto, hizo luego hacer trescientos o cuatrocientos Sanct Benitos o más, semejantes al de aquel reconciliado, e púsose con ellos en el tiánguez o mercado, puestos en uno o dos rimeros sobre una mesa, y en el canto de ella hincada una vara o asta, y en ella puesto un Sanct Benito de aquellos por muestra o señuelo, para que desde lejos se viese la mercadería que tractaba. Pues como algunos españoles llegaban a le preguntar que para qué eran aquellos Sanct Benitos, y el indio los oyó nombrar, aprendió el nombre, e respondía que para hacerse comendadores, como habían hecho al que es dicho. Los cristianos reíanse mucho de él e pasaban adelante, porque era la mercadería la que es dicho, y el indio quedaba dando voces, e diciendo: “Sanct Benito, Sanct Benito”.

En fin, como vido que no le quisieron comprar ninguno de sus Sanct Benitos, informose de la casa donde vivía aquel reconciliado, e llevóselos todos para ver si los quería comprar, e con mucho placer ofrecía de le hacer cortesía en el precio. El otro pecador, como no estaba tan contento de la nueva orden como el indio pensaba, comenzolo a amenazar e a maltractar de palabra; de lo cual el indio muy espantado se fue a quejar a la justicia, donde le desengañaron de su mercadería, e se fue, culpando a su propria cobdicia, que le hizo gastar su hacienda en lo que no le convenía, como suele acaecer a muchos que se ocupan en las cosas que no entienden».

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La Y.u.ana (‘iguana’): la importancia de la experiencia personal en Oviedo

Si hay algo que caracteriza a Gonzalo Fernández de Oviedo y que encontramos constantemente en sus escritos es su apuesta por la experiencia como modo de descubrir y describir la naturaleza americana. Oviedo va más allá de lo que puede ser una pose simplemente retórica. Como él mismo informa en la Historia, «no escribo de auctoridad de algún historiador o poeta, sino como testigo de vista, en la mayor parte, de cuanto aquí tratare; y lo que yo no hobiere visto, direlo por relación de personas fidedignas, no dando en cosa alguna crédito a un solo testigo, sino a muchos, en aquellas cosas que por mi persona no hobiere experimentado» (Fernández de Oviedo, Historia general y natural de las Indias, ed. J. Pérez de Tudela, vol. I, p. 13).

En consonancia con lo anterior, es importante resaltar cómo en Oviedo encontramos únicamente un caso en que se acepte la existencia de seres monstruosos. En lo que a la descripción y la identificación de la especies americanas se refiere, Oviedo se aleja de la tradición de los bestiarios medievales, mucho más presente, por ejemplo, en los autores de las grandes enciclopedias ilustradas de la segunda mitad del siglo XVI, como Konrad Gessner, Pierre Belon o Ulises Aldrovandi.

El ejemplo de la iguana es muy claro en este sentido. En el Sumario, Oviedo se refiere a las iguanas como

una manera de sierpes que en la vista son muy fieras y espantables, pero no hacen mal, ni está averiguado si son animal o pescado, porque ellas andan en el agua y en los árboles y por tierra; y tienen cuatro pies, y son mayores que conejos, y tienen la cola como lagarto, y la piel toda pintada […], y por el cerro o espinazo unas espinas levantadas, y agudos dientes y colmillos, y un papo muy largo y ancho, que le cuelga desde la barba al pecho (Fernández de Oviedo, Sumario, ed. Á. Baraibar, p. 93).

Iguana/dragónLa iguana, un animal totalmente nuevo para Oviedo y que había cautivado al cronista, era un ser que hubiera podido despertar la imaginación de otros autores, asociándolo con algunos de los monstruos tan presentes en la literatura y el arte medievales y renacentistas. Oviedo se centra en describir lo que ve, el animal, sus costumbres, explica cómo se debe pronunciar el nombre y trata de mostrar su valor culinario. Así, en la Historia, el cronista madrileño nos explica cómo se debía escribir y pronunciar «yuana»:

Llámase iuana, y escríbese con estas cinco letras, y pronúnciase i, e con poquísimo intervalo, u, e después, las tres letras postreras, ana, juntas e dichas presto: así que, en el nombre todo, se hagan dos pausas de la forma que es dicho (Fernández de Oviedo, Historia, ed. J. Pérez de Tudela, vol. II, p. 32).

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