El sambenito: una anécdota de la difícil traducción entre el Viejo y el Nuevo Mundo

Releyendo la Historia general y natural de las Indias de Gonzalo Fernández de Oviedo, he encontrado un pasaje que no deja de ser una anécdota, pero que tiene mucha fuerza a la hora de mostrarnos algunos aspectos de la mentalidad del que fue el primer cronista de Indias y que es, al mismo tiempo, un curioso ejemplo de la difícil traducción entre el Viejo y el Nuevo Mundo en los primeros momentos del descubrimiento y conquista de América. Quiero aclarar a quienes puedan leer el texto desde una escala de valores más propia del siglo XXI que tanto los códigos de la risa como los valores culturales y sociales en su conjunto han cambiado radicalmente desde aquel tiempo. Por otro lado, Oviedo no desaprovecha la ocasión para dar a la anécdota un valor moralizante muy propio del momento, pero que, curiosamente, podría tener plena vigencia en estos momentos.

El texto se pueden encontrar en Fernández de Oviedo, G., Historia general y natural de las Indias, ed. J. Pérez de Tudela, Atlas, Madrid, 1992, vol. IV, pp.46-47 y dice así:

Sambenito«Notoria cosa es el castigo que en España se da a los heréticos, segund la calidad de sus delictos: que a unos azotan, a otros ponen en cárcel perpetua, e a otros que se reconcilian, les ponen un Sanct Benito o coselete amarillo sin mangas e sin costuras por los lados, con una cruz grande colorada, vel sanguina, delante, e otra detrás; a unos para que traigan esta insignia por tiempo limitado, e a otros para todos los días de su vida, e a otros queman por sus méritos. Siguiose que un converso se penitenció por sus culpas en Temistitán, y el perlado o jueces de la Sancta Inquisición hiciéronlo estar en el auto en pie, descalzo, sin cinto e sin bonete, e con un cirio ardiendo en la mano, e con el dicho Sanct Benito, en tanto que se dijo una misa solemne un domingo; en la cual, en su tiempo, un notario del Sancto Oficio leyó la sentencia e los méritos o culpas de aquel delincuente, por lo cual se le impuso aquella penitencia o Sanct Benito. E hubo un sermón que predicó un devoto y esciente predicador, conforme al auto, e amonestando al penitente a la enmienda de su vida so pena del fuego, y exhortando a todos a bien vivir, como se suele hacer e predicar en casos semejantes, estando todas las personas principales e oficiales de su majestad presentes, e mucha parte de la cibdad, e muchos indios de los convertidos e baptizados, para los instruir en las cosas de nuestra sancta fe católica.

Entre los cuales indios, un mercader de los ricos, e sobradamente cobdicioso e diligente, no entendiendo bien la honra que a aquel recién conciliado se le hizo, pareciole que aquel grado de Sanct Benito debía ser una muy singular fiesta e honrosa para aquel penitenciado. E como vía el indio que entre los cristianos españoles había algunos caballeros comendadores de las órdenes de Santiago e Calatrava e Alcántara, e de la orden de Montesa e de San Joan de Rodas, con cruces en los pechos de diferentes maneras e colores, e no traen más de una cruz e pequeña, e a esotro diéronle dos e muy grandes, e una delante e otra detrás, así pensó el mercader que este nuevo hábito era más honrado e apreciado a todos los otros, e que era cosa que los cristianos se preciarían más de él que de los otros que es dicho. E así como se acabó la misa e se fue el indio a su casa, arbitrando que le había venido una grand ocasión para enriquecerse presto, hizo luego hacer trescientos o cuatrocientos Sanct Benitos o más, semejantes al de aquel reconciliado, e púsose con ellos en el tiánguez o mercado, puestos en uno o dos rimeros sobre una mesa, y en el canto de ella hincada una vara o asta, y en ella puesto un Sanct Benito de aquellos por muestra o señuelo, para que desde lejos se viese la mercadería que tractaba. Pues como algunos españoles llegaban a le preguntar que para qué eran aquellos Sanct Benitos, y el indio los oyó nombrar, aprendió el nombre, e respondía que para hacerse comendadores, como habían hecho al que es dicho. Los cristianos reíanse mucho de él e pasaban adelante, porque era la mercadería la que es dicho, y el indio quedaba dando voces, e diciendo: “Sanct Benito, Sanct Benito”.

En fin, como vido que no le quisieron comprar ninguno de sus Sanct Benitos, informose de la casa donde vivía aquel reconciliado, e llevóselos todos para ver si los quería comprar, e con mucho placer ofrecía de le hacer cortesía en el precio. El otro pecador, como no estaba tan contento de la nueva orden como el indio pensaba, comenzolo a amenazar e a maltractar de palabra; de lo cual el indio muy espantado se fue a quejar a la justicia, donde le desengañaron de su mercadería, e se fue, culpando a su propria cobdicia, que le hizo gastar su hacienda en lo que no le convenía, como suele acaecer a muchos que se ocupan en las cosas que no entienden».

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