La Y.u.ana (‘iguana’): la importancia de la experiencia personal en Oviedo

Si hay algo que caracteriza a Gonzalo Fernández de Oviedo y que encontramos constantemente en sus escritos es su apuesta por la experiencia como modo de descubrir y describir la naturaleza americana. Oviedo va más allá de lo que puede ser una pose simplemente retórica. Como él mismo informa en la Historia, «no escribo de auctoridad de algún historiador o poeta, sino como testigo de vista, en la mayor parte, de cuanto aquí tratare; y lo que yo no hobiere visto, direlo por relación de personas fidedignas, no dando en cosa alguna crédito a un solo testigo, sino a muchos, en aquellas cosas que por mi persona no hobiere experimentado» (Fernández de Oviedo, Historia general y natural de las Indias, ed. J. Pérez de Tudela, vol. I, p. 13).

En consonancia con lo anterior, es importante resaltar cómo en Oviedo encontramos únicamente un caso en que se acepte la existencia de seres monstruosos. En lo que a la descripción y la identificación de la especies americanas se refiere, Oviedo se aleja de la tradición de los bestiarios medievales, mucho más presente, por ejemplo, en los autores de las grandes enciclopedias ilustradas de la segunda mitad del siglo XVI, como Konrad Gessner, Pierre Belon o Ulises Aldrovandi.

El ejemplo de la iguana es muy claro en este sentido. En el Sumario, Oviedo se refiere a las iguanas como

una manera de sierpes que en la vista son muy fieras y espantables, pero no hacen mal, ni está averiguado si son animal o pescado, porque ellas andan en el agua y en los árboles y por tierra; y tienen cuatro pies, y son mayores que conejos, y tienen la cola como lagarto, y la piel toda pintada […], y por el cerro o espinazo unas espinas levantadas, y agudos dientes y colmillos, y un papo muy largo y ancho, que le cuelga desde la barba al pecho (Fernández de Oviedo, Sumario, ed. Á. Baraibar, p. 93).

Iguana/dragónLa iguana, un animal totalmente nuevo para Oviedo y que había cautivado al cronista, era un ser que hubiera podido despertar la imaginación de otros autores, asociándolo con algunos de los monstruos tan presentes en la literatura y el arte medievales y renacentistas. Oviedo se centra en describir lo que ve, el animal, sus costumbres, explica cómo se debe pronunciar el nombre y trata de mostrar su valor culinario. Así, en la Historia, el cronista madrileño nos explica cómo se debía escribir y pronunciar «yuana»:

Llámase iuana, y escríbese con estas cinco letras, y pronúnciase i, e con poquísimo intervalo, u, e después, las tres letras postreras, ana, juntas e dichas presto: así que, en el nombre todo, se hagan dos pausas de la forma que es dicho (Fernández de Oviedo, Historia, ed. J. Pérez de Tudela, vol. II, p. 32).

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